En el inicio de su primera Semana Santa como pontífice, León XIV marcó un tono claro para su liderazgo: una Iglesia alejada de la imposición y centrada en el servicio. Desde la basílica de San Pedro, el Papa advirtió que ninguna misión cristiana puede sostenerse en la prepotencia ni en lógicas de dominio, apostando por una fe construida desde el respeto, el diálogo y la cercanía con los más vulnerables.
Durante la Misa Crismal de Jueves Santo, que abre el Triduo Pascual, el pontífice llamó a los sacerdotes a renovar su compromiso desde la humildad y la reconciliación con la historia de la Iglesia. Reconoció que, en distintos momentos, la evangelización se desvió de su esencia, pero insistió en que el verdadero camino cristiano exige desprenderse del poder y actuar con sencillez, sin ostentaciones ni estrategias interesadas.
El mensaje también tuvo un fuerte tono simbólico y pastoral: León XIV recordó que no hay auténtica liberación sin desapego ni anuncio creíble del Evangelio si se mantiene una imagen de poder. Con una agenda marcada por ritos tradicionales como el lavatorio de pies y el Vía Crucis en Roma, el Papa inicia así una etapa en la que busca redefinir el papel de la Iglesia en el mundo actual desde la cercanía, la paz y la unidad.