En medio de un escenario económico tenso, el ministro de Economía, , salió al paso de las críticas con un mensaje contundente: en marzo, Bolivia enfrentó el mayor pago de deuda externa de su historia.
Más de 500 millones de dólares fueron desembolsados en apenas un mes, una cifra sin precedentes que, según la autoridad, refleja un esfuerzo deliberado del Gobierno por “ordenar la casa”. El anuncio, difundido a través de redes sociales, no solo buscó dimensionar el hito, sino también justificar una decisión que ocurre en un momento particularmente delicado para las finanzas del país.
El contexto no es menor. Mientras se realizaba este pago histórico, las Reservas Internacionales experimentaban una caída abrupta. Datos del Banco Central muestran que las divisas pasaron de superar los 400 millones de dólares en febrero a apenas 52 millones hacia el 20 de marzo. Esta reducción encendió alertas entre analistas y actores políticos, que cuestionaron la sostenibilidad de la estrategia.
Lejos de evadir el tema, Espinoza reconoció que parte de la deuda fue saldada utilizando estas reservas. Sin embargo, defendió la medida argumentando que la actual administración heredó un nivel crítico de liquidez —alrededor de 60 millones de dólares— y que el pago responde a una política orientada a recuperar credibilidad internacional.
Desde esta perspectiva, el Gobierno plantea que el sacrificio inmediato podría traducirse en beneficios a mediano plazo. El ministro aseguró que, paralelamente, se logró reducir más de 800 millones de dólares en pasivos soberanos mediante una gestión activa de la deuda, una señal que —según afirmó— ha sido bien recibida por calificadoras de riesgo y actores internacionales.
Aun así, el debate permanece abierto. Para algunos, se trata de una jugada necesaria para evitar mayores presiones externas; para otros, evidencia la fragilidad de una economía que enfrenta compromisos elevados con recursos limitados.
Espinoza, por su parte, insiste en el mensaje: Bolivia cumplió, y lo hizo con recursos propios. Pero la pregunta de fondo sigue latente: ¿es este el inicio de una recuperación sostenida o el costo de una estabilidad aún incierta?