En medio de una persistente crisis de combustible, la avenida Jacarandá de Riberalta se ha convertido en el epicentro de un floreciente mercado negro de gasolina. Vecinos de la zona reportan que el litro de combustible ha alcanzado los Bs 12.5, comercializándose en envases de dos litros (conocidos localmente como "bimbos") por un valor de Bs 25. La situación ha desatado una ola de indignación entre los ciudadanos, quienes denuncian una total ausencia de operativos de control por parte de la Agencia Nacional de Hidrocarburos (ANH).
La paradoja en Riberalta es evidente: los surtidores locales abastecen de combustible diariamente, pero las filas interminables no desaparecen. Testimonios recolectados en el lugar apuntan a que el acaparamiento por parte de los revendedores es el principal factor que satura las estaciones de servicio. Al ser increpados por los elevados costos, quienes se dedican a este negocio informal justifican el incremento argumentando el esfuerzo de pasar madrugadas enteras en las filas para conseguir el producto.
Este escenario afecta de manera directa a la población trabajadora, comerciantes y empleados con horarios fijos que no disponen del tiempo necesario para pernoctar en los surtidores. Como consecuencia, muchos se ven obligados a pagar el sobreprecio para mantener su movilidad y asegurar su sustento diario.
El debate social en la región se encuentra dividido. Mientras algunos sectores ven a los revendedores como un "mal necesario" para conseguir gasolina de forma inmediata ante los constantes bloqueos y la escasez, la gran mayoría de la población califica la actividad como un abuso que lucra con la necesidad ajena. Ante la gravedad del panorama, la ciudadanía exige respuestas inmediatas a las autoridades competentes y cuestiona la falta de fiscalización para frenar la reventa y garantizar una distribución equitativa del carburante.