En 2007, una remota aldea del estado de Bihar pasó del anonimato a la conmoción nacional por un hecho que desafió toda lógica. Un niño de apenas ocho años, Amarjeet Sada, quedó en el centro de una investigación policial tras admitir su responsabilidad en la pérdida de tres bebés de su entorno más cercano.
Las víctimas eran parte de su círculo familiar y vecinal: su hermana menor, un primo y la hija de una vecina, todos menores de un año. Durante meses, los primeros casos pasaron desapercibidos y no fueron denunciados, lo que permitió que la situación se prolongara sin intervención de las autoridades.
El episodio que destapó el horror ocurrió tras la desaparición de una bebé de seis meses. Mientras vecinos y familiares la buscaban con desesperación, la actitud serena del niño llamó la atención. Al ser interrogado, condujo a los adultos hasta el lugar donde yacía el cuerpo y explicó, sin mostrar emociones, lo ocurrido.
Las declaraciones posteriores estremecieron incluso a los investigadores. Según especialistas que participaron en el caso, el menor no mostraba conciencia del daño causado ni diferenciaba entre lo correcto y lo incorrecto, un factor que abrió un profundo debate sobre la salud mental infantil y la responsabilidad penal.
La legislación india impidió que fuera procesado como adulto. Amarjeet fue enviado a un centro de rehabilitación juvenil bajo estricta reserva de identidad. Al cumplir la mayoría de edad, debía quedar en libertad, pero desde entonces no existen registros públicos sobre su paradero.
A casi dos décadas del hecho, el caso sigue siendo citado como uno de los más inquietantes de la crónica internacional, no solo por la edad del implicado, sino por las preguntas sin respuesta que dejó sobre prevención, silencio familiar y los límites del sistema judicial frente a situaciones extremas.